La ladrona de libros (película)

¿Cómo nos enfrentaríamos las personas normales a una situación de completa abyección moral impuesta desde los engranajes del poder?

Es usual que en las historias acerca del nazismo y la II Guerra Mundial, los personajes sean heroicos, si no por completo, al menos parcialmente y en contraste con los protervos villanos de la narración. “Sophie Schöll” y “La lista de Schindler” son dos claros ejemplos de esta norma, pero también en “Operación Walkiria”, donde un soldado alemán instiga un complot para asesinar a Hitler, hay heroísmo por parte de un personaje que usualmente pertenecería al bando de los antagonistas.

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“La ladrona de libros” es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Marcus Zusak (2005), que pronto se convirtió en “best-seller“. Narra la historia de Liesel entre 1938 y 1945, con un breve epílogo final fuera de esa lapso temporal. Liesel, interpretada por la actriz Sophie Nélisse, es arrancada de los brazos de su madre por ser ésta militante comunista en la Alemania de los años 30 del siglo pasado. Liesel y su hermano van a ser adoptados por un matrimonio maduro que vive en un pequeño pueblo, pero el hermano pequeño muere en el trayecto hacia esa aldea que será el nuevo hogar de Liesel.

Los padres adoptivos están interpretados por una competente Emily Watson y un soberbio Geoffrey Rush, que lleva varios años bordando cada papel que le cae entre manos, como ya demostró en “El discurso del Rey” o en la reciente y sensacional “La mejor oferta”. El padre, paciente, comprensivo, cercano y cálido, pondrá el contrapunto a la severa madre adoptiva. Además de su trágica historia familiar, Liesel arrastra otra cicatriz que para ella supone una terebrante vergüenza: no sabe leer. Pero su nuevo padre y su tenacidad se aliarán para hacer de ella, poco a poco, una lectora empedernida que necesita de los libros para escapar del mundo que se desmorona a su alrededor. Finalmente, en una sociedad que institucionaliza la violación de las normas más básicas de la ética, Liesel transgredirá una norma más y se convertirá en una ladrona de libros, aunque en vez de un robo, más bien se trate de un rescate. Liesel no es la única que arrastra cicatrices del pasado. Su padre adoptivo tiene una deuda vital contraída durante la I Guerra Mundial, y al saldarla pondrá a su familia en una situación desesperada al ocultar en su casa a un proscrito judío con el que Liesel trabará una singular amistad que modificará su visión del mundo.

 

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Siempre que una película se basa en un libro, los realizadores se ven en la necesidad de escoger qué información y detalles sustraen a los espectadores. Decía John LeCarré que hacer una película de una novela era “como extraer un sólo caldo de ternera de toda una vaca”, y no le faltaba razón. Quizá por eso en esta producción los personajes parezcan demasiado planos. Liesel y su amigo Rudy, parecen demasiado inocentes, casi idénticos al principio y al final de la película (aunque transcurren al menos seis años en los que pasarían de la infancia a la post-adolescencia). El joven refugiado judío se nos muestra sin historia, sin remordimientos por haber sobrevivido a una madre que se sacrificó por él. El padre adoptivo, entrañable desde el primer plano debido a la inapelable interpretación de Rush, es la sólida roca a la que se aferra la protagonista, pero es una roca sin apenas resquicios interpretativos. La madre adoptiva sí tiene alguna variación, previsible, por desgracia. Y aquellos personajes que desempeñan el papel de antagonistas, parecen extrañamente irrelevantes, casi circunstanciales. La mujer del alcalde, que podría ofrecer esa visión de personaje introducido en las entrañas del nazismo pero con unos principios éticos que le lleven a dudar de su posición, no resulta un carácter definido.

La película es sentimental, conmovedora y por momentos, algo lacrimógena. Y lo es de modo eficaz, aunque previsible. En el doblaje al español se han empecinado en introducir minúsculas partículas de lenguaje alemán (“ja”, “nein”, algunos de los motes e insultos que usan los niños) que resultan incoherentes en varias ocasiones (hay frases en que las negaciones y afirmaciones se dicen ora en alemán, ora en español). También parece absurdo que los libros que lee Liesel o el diccionario casero que pergeña en las paredes del sótano, estén en inglés. Además, la voz en off resulta una guía innecesaria para la narración y proporciona un cierto punto de vista sobrenatural que empobrece el realismo de la historia.

Donde el film alcanza cotas sobresalientes es en la minuciosa recreación de la Alemania rural, distante a los núcleos de poder, donde ser nazi suponía un modo sublimado de patriotismo y una “corrección de la Historia” que llevaría a Alemania a su lugar de predominio entre las naciones del orbe. Se nos muestra a ciudadanos de a pie inmersos en esa cosmovisión construida en torno al odio. Es casi doloroso ver a ingenuos infantes cantar himnos antijudíos, beber de todas las fuentes posibles la ideología colectivista y supremacista que arruinó Alemania llevándose por delante a casi toda Europa. Es en este registro donde el análisis de la película me parece más interesante, toda vez que la importancia de la Literatura queda bastante difuminada (lamentablemente) en el guion:

¿Cómo nos enfrentaríamos a una sociedad con una ideología obligatoria? Hoy vivimos en una sociedad que mal que bien, tiene cotas de libertad que se dan por supuestas. Todos los días vemos insultos, parodias, críticas y ridiculizaciones a los poderosos (algunas, más que merecidas). En la película se nos muestra a esa sociedad que nos recuerda aquella frase de Albert Einstein: “El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad”.

¿Hay que ser un héroe para oponerse a la maldad? ¿Y si las peores maldades son posibles por una cadena de diminutas maldades que han ido tolerándose y sumándose unas a otras? O en otras palabras, ¿cuándo comenzaron a incinerarse seres humanos en los campos de concentración, durante la II Guerra Mundial o muchas décadas antes cuando odiar a los judíos y otras minorías era un modo de ser patriota en casi todos los países europeos y en sus élites intelectuales? ¿Cómo podemos evitar que las pequeñas maldades que hoy transigimos no se conviertan mañana en tragedias abominables? ¿Nos vacuna la cultura contra la maldad o sólo la refina y la vuelve más sutil y por tanto más peligrosa?

Quizá sean reflexiones que vayan mucho más allá de las intenciones de la novela y de la película, pero al fin y al cabo, una obra de arte deja de pertenecer por completo a sus autores en cuanto la exponen a los ojos de otros. “La ladrona de libros” no es una gran película, no tiene unos personajes profundos, aunque en todos ellos hay autenticidad y verdad (y sólo por eso es una película que merece verse). Su reflejo del lugar y la época que escoge, es sensacional, y en el latir de toda la cinta permanecen agazapadas, unas cuantas preguntas incómodas sobre la naturaleza humana, sobre nosotros, sobre ti, querida lectora o lector, y también sobre mí. Son preguntas de difíciles respuestas, que preferimos orillar, confiando en que determinados momentos históricos no volverán a suceder, es decir, que “eso no nos va a pasar nosotros”. Exactamente lo mismo que pensaban los protagonistas de aquellos años.

 

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Título original: “The Book Thief”.

Año: 2013.

Duración:131 minutos.

País: Estados Unidos.

Director: Brian Percival.

Guión: Michael Petroni (Historia: Markus Zusak).

Música: John Williams.

Fotografía: Florian Ballhaus.

Reparto: Sophie Nélisse, Geoffrey Rush, Emily Watson, Nico Liersch…

Productora-Coproducción: EEUU-Alemania; Fox 2000 Pictures / Studio Babelsberg

Género: Drama, II GM.

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Acerca de deentrelasletras

Español víctima de lo que Juvenal denominó "Insanabile cacoethes scribendi".
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