Birdman, o la inesperada virtud de la venganza

No es ningún secreto: Hollywood se gusta a sí misma. Esa hoguera (a veces crematorio) de vanidades disfruta mirándose en espejos para admirar el brillo de su purpurina, para ensalzar los vacuos oropeles que la embellecen y, en ocasiones, para reivindicar su labor de faro del arte más influyente del siglo pasado y de lo que llevamos de este.

González Iñárritu ha perpetrado una película que es al mismo tiempo una crítica y un halago, pero sobre todo, una venganza. Por eso la ha “perpetrado”, porque parece haberla rumiado con alevosía, acumulando agravios que facturarle a los críticos, a los medios y a los espectadores; porque destila cuchilladas al “star-system”; porque estira los tópicos cinematográficos y se mofa tanto de la industria que busca taquillazos con argumentos manidos y superficiales como de la crítica que presume de custodiar con celo las esencias de un arte como si fueran los arcanos de un conocimiento hermético solo apto para iniciados.

Pero hay más; en el ejercicio de devastación que nos presenta Iñárritu, se enarbola todo un discurso acerca de la tiranía de la inmediatez y la popularidad express a la que nos abocan las redes sociales. Y, por supuesto, se pone en solfa la idiocia generalizada tanto de los consumidores de contenidos de Internet y de las pantallas (la grande y la pequeña), como de los “culturetas” que se parapetan tras su afición al teatro para erigirse en reservorio intelectual de Occidente.

El personaje de Emma Stone (que borda su papel de joven abúlica reconstruyéndose tras salir de su drogadicción) nos regala un monólogo cargado de verdades acerca de la inexistencia en los mass media como sinónimo de muerte civil.

La historia que vertebra este conjunto de codazos que el director propina a sus compañeros de profesión, nos presenta a Riggan Thompson (interpretado por un Michael Keaton que ha firmado el papel de su carrera), una estrella de cine venida a menos cuyo cénit fue la interpretación de un superhéroe importado del cómic. El paralelismo entre Keaton y su personaje es parte del permanente juego de espejos de la película.

Birdman-International-Trailer (1)

Como lo es el haberle reservado a un soberbio (como siempre) Edward Norton el personaje de otro actor siempre soberbio en su talento y siempre soberbio en su vanidad, que halla contrapunto en sus problemillas de disfunción eréctil. La tensión entre ambos personajes es todo un discurso acerca de las dos maneras de enfrentarse al desafío de la interpretación. Norton es el actor sobrado de talento y vanidad (“El único lugar donde no finjo es sobre el escenario”, llega a afirmar). Keaton es la estrella pretérita que busca reivindicarse adaptando, dirigiendo e interpretando una obra de Raymond Carver en un histórico teatro de Broadway. Para ello tiene que sortear los problemas de la producción, la difícil relación con su hija y la madre de esta, su tendencia a comportarse como un capullo integral (por ejemplo, con su novia/amante/compañera de trabajo embarazada de él) y, por encima de todos los demás problemas, su agresivo alter ego, una especie de desdoblamiento de la personalidad que le impele a odiar todo y a todos alimentando su resquemor ante el crepúsculo de su carrera y el miedo a la intrascendencia.

Completan el plantel de personajes relevantes el agente y abogado del protagonista interpretado por Zach Galifianakis, y las actrices interpretadas por Naomi Watts y Andrea Riseborough, esta última, sufrida pareja del personaje de Keaton. Por su parte, Watts, pareja del personaje de Edward Norton, es una actriz ilusionada por su primer papel en Broadway, y por ello mismo y por las circunstancias, superada por la experiencia.

El director ha pretendido y logrado exhibirse rodando casi toda la película en un supuesto plano-secuencia que dota a las dos horas del film de una fluidez vertiginosa. Aparte de la pericia técnica demostrada, es entretenido ir buscando los diversos puntos de corte y empalme (una puerta oscura, un fundido en negro entre paredes y biombos, una exposición de la noche al amanecer, una imagen en bucle de un pasillo que aparenta continuidad gracias al ruido de un ventilador fuera de escena…).

Otra de las tensiones que aparece representada es mucho más local, y tiene que ver con la contraposición entre la costa oeste californiana, Los Ángeles y Hollywood, con su frivolidad y ligereza, con la espartana y extrema competitividad de la costa este y Nueva York, que mira desde un pedestal de superioridad (infundada o no) y cosmopolitismo a la misma industria del cine que lo ha elevado a categoría de icono urbano de nuestro tiempo.

En definitiva: “Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia” es un acto de onanismo que el cine se ha dedicado. Pero en este acto de onanismo hay sadomasoquismo, hay sangre, sudor, lágrimas y verdades como puños, envueltas en sinceras mentiras; también hay falsedades flagrantes envueltas en deshonestas verdades. Se trata de Hollywood mirándose en espejos cóncavos y convexos, jugando a deformarse para así obtener trazas de la verdad que a veces solo el arte puede desvelar. Y por eso es la favorita para los Óscar, porque si algo es cierto de todo lo que muestra la película (y muestra mucho) es el miedo, el pánico cerval del artista a no dejar una estela tras de sí.

González Iñárritu escupe ese miedo a la cara de todos, con tanta virulencia que casi puede olerse cierto resentimiento, cierto aroma a inquina atesorada y rencor punzante.

Y si logra el Óscar, Iñárritu, finalmente, habrá logrado su inteligente venganza.

Birdman-movie-poster (1)

FICHA TÉCNICA.

Título español: Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Título original: Birdman or the unexpected virtue of ignorance. 

Director: Alejandro González Iñárritu.

Guionistas: Alejandro González Iñárritu, Nicolas Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo.

Reparto: Michael Keaton, Zach Galifianakis, Emma Stona, Naomi Watts, Edward Norton, Andrea Riseborough.

Duración: 120 minutos.

País: EE. UU., Canadá.

Productora: Fox Searchlight.

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Acerca de deentrelasletras

Español víctima de lo que Juvenal denominó "Insanabile cacoethes scribendi".
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