Dunquerke: Nolan regresa por tierra, mar y aire.

Tras la muy pretenciosa pero fallida Interstellar, y debido a su intención de emular a Stanley Kubrick dejando su sello en cada género cinematográfico, Christopher Nolan se ha atrevido con el cine bélico en su última película, Dunquerke.

En mayo de 1940, en plena invasión relámpago de Francia (y Holanda y Bélgica) por parte de la Alemania nazi, casi 400.000 soldados aliados quedaron embolsados en torno a la localidad costera de Dunquerke. Estamos ante uno de los episodios más controvertidos de la II Guerra Mundial, que aún es objeto de debate entre historiadores. ¿Por qué los nazis no “acabaron el trabajo” y capturaron o eliminaron a gran parte del ejército británico?.

Para muchos, de haberlo hecho, el curso de la guerra y el de la historia del mundo, hubiera cambiado. Pero estas especulaciones no son del interés de Nolan. El director británico ha escogido este episodio histórico para mostrar una colección de secuencias acerca de la angustia permanente. Y lo hace de forma brillante, aunque incurriendo en todo lo que le caracteriza como realizador de éxito, manías de divo incluidas.

Tras el periplo espacial de su anterior film, Nolan vuelve a la tierra, al mar y al aire. Los tres elementos son los tres mechones con los que decide trenzar la historia de “Dunquerke”. Siempre buscando una manera distinta de narrar, cada una de las tres historias están circunscritas a un lapso de tiempo distinto: tierra, la playa de Dunquerke, una semana. Mar, las aguas del canal de la Mancha, un día. Aire, los cielos sobre el canal, una hora.

Con el decurso del metraje, las tres historias y sus distintos plazos temporales se entrelazarán de manera eficaz, siempre apoyadas en un lenguaje visual que casi borra a los actores para dejar el sitio central a la labor del director. En ninguna otra de sus películas como esta, Nolan reclama para sí el centro de la atención del espectador de un modo tan evidente. Los diálogos son casi mínimos, pero tampoco se echan de menos. Podrían haber aportado más hondura a algunos personajes, pero hubieran desplazado la relevancia de los hechos narrados. Nolan trata de hacernos ver que él es objetivo. Que se limita a mostrar una ristra de verdades descarnadas, sin opinar sobre ellas a través de las reflexiones de los personajes.

Dunquerke. Nolan.                                                          Evacuación de tropas aliadas en Dunquerke.

Pero la objetividad completa nos está vetada a los humanos. Muchas críticas, sobre todo en Francia, acusan a Nolan de mostrar un punto de vista exclusivamente británico (una acusación fundada pero que es ingenuo convertir en un reproche a un director británico que decide usar a sus paisanos como vehículas narrativos).

Efectivamente, de los casi 340.000 soldados evacuados de Dunquerke hacia Inglaterra, más de 100.000 eran de otras nacionalidades distintas a la británica (franceses en su mayoría pero también holandeses, belgas y un rosario de combatientes de distintas naciones del Imperio Británico).

Todos son prescindibles en el teatro infame de la guerra, en el que la única protagonista es la guerra misma.

Nolan no pretende, y por tanto no debe exigírsele, hacer un documental. Ha elegido un escenario y unos hechos concretos. No miente en lo que escoge mostrar, aunque para algunos el no enseñar otras partes de la realidad es aún peor que mentir. Pero abordar todas las facetas de aquellos días de mayo, en los que la última barrera contra el totalitarismo estuvo a punto de capitular, sobrepasa las posibilidades de cualquier película con un metraje convencional.

Por momentos, la película cede en su partitura principal para devenir en una colección de secuencias angustiosas que Nolan comete el pecado de alargar demasiado (error este en el que viene incurriendo en sus últimas películas). Son partes del metraje en las que el film se desliza hacia el género de suspense. Y aún en estas secuencias, Nolan supedita la interpretación de los actores a la siempre eficaz banda sonora del sempiterno Hans Zimmer, a un diseño de sonido excepcional que te imbuye en las escenas a veces más y mejor que las imágenes y a una deliberada búsqueda de la desorientación del espectador.

Esta última sensación está minuciosamente conseguida. Por ejemplo, en las secuencias de luchas aéreas entre aviones enemigos. También en las secuencias de hundimientos de barcos, rodadas magistralmente. El director logra que tanto en tierra, como en mar como en aire, nos sintamos vulnerables, presos de la total incertidumbre que acecha al soldado derrotado que sabe que la muerte le aguarda tanto en el avance inexorable del enemigo como en la arriesgada evacuación que es su última esperanza.

Todos los personajes son secundarios. Nadie tiene un papel principal. Este es uno de los grandes aciertos de la película. Todos son prescindibles en el teatro infame de la guerra, en el que la única protagonista es la guerra misma.

Dunquerke, Nolan.

                                      Filas de soldados aliados en la playa de Dunquerke, aguardando la evacuación.

Hacia el final de la película se destila el predecible patriotismo. El hogar viene a buscarte cuando tú no puedes regresar. El gobierno de Churchill requisó embarcaciones privadas y solicitó ayuda a miles de marineros y dueños de buques deportivos, recreativos, de pesca menor, para que con su calado mucho menor que los buques de guerra pudieran acercarse a la playa de Dunquerke. Los muelles de la ciudad francesa estaban inutilizados por los bombardeos y tan solo un par de espigones quedaban operativos, pero a merced de la puntería de los Stukas alemanes.

Acerca de Dunquerke se están sucediendo las críticas exageradamente positivas, que incluso hablan de que recibirá el próximo Oscar a la mejor película. El tiempo dirá si es la mejor película del año. Lo que parece claro es que Nolan ha construido una película con un envoltorio minimalista pero un núcleo grandilocuente, buscando de nuevo su sitio de gran director, al que quiere volver por tierra, mar y aire.

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Acerca de deentrelasletras

Español víctima de lo que Juvenal denominó "Insanabile cacoethes scribendi".
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