La espera

Con los ojos velados por una cinta de noche, la piel erizada sólo vestida de desnudez y un purasangre galopando en su pecho, Ella desgrana los minutos.

Él la desea. La desea tanto que quiere encenderla incluso en la distancia. Ha imaginado tantas veces su tacto que en sus desvelos cree tocarla sin tenerla a su lado.

Ella aguarda, sintiendo cómo se estiran los segundos, cómo sus demás sentidos se agudizan al ser envuelta en la oscuridad. La acariciante negrura estimula su olfato, que busca el aroma de Él para anticipar su aparición.

Él la idealiza. Con su mirada ha esculpido su cuerpo y cincelado sus formas. Gusta de contemplarla desnuda, ansiosa, asediada por la incertidumbre de cuándo Él se revelará y surcará la piel tibia con su mano ardiente.

Ella traga saliva y nota su lengua sensibilizada, como esperando un sabor que denote alguna información, como si el sentido del gusto se preparase para deleitarse con el sabor de la carne amada.

Él la contempla: expectante, latente, voluntariamente vulnerable, decidida a jugar el juego que Él ha ideado para Ella, por Ella.

Ella se abandona a sus oídos, casi suplicando el sonido de una pisada, de un roce, de un suspiro que delate la inminente caricia, el ansiado contacto.

Él camina rodeándola, embriagándose del perfume de Ella. Nota el palpitar del suave cuello que avisa del latido acelerado. Percibe el deseo de Ella, que anida en su vientre y lanza ráfagas de calor por el cuerpo femenino. Necesita tocarla…

Ella suplica a su tacto que le regale algún dato, una ínfima variación de temperatura, una mínima corriente de aire. Cualquier aviso de que el juego continúa pero la espera ha terminado.

La caricia de la mano de Él surca el aire y se completa en la piel de Ella. Ambos comparten el momento mágico y un gemido ahogado brota de la garganta de la mujer. Nunca una sorpresa había sido tan esperada. Nunca algo tan esperado le había sorprendido tanto.

La espera termina y comienza la danza. En ocasiones, la mejor forma de provocar que el deseo se desborde, es conteniéndolo.

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Milan Kundera: una breve aproximación a su estilo.

Interesante acercamiento al novelista y ensayista Milan Kundera.

Letras peregrinas

La_insoportable_levedad_del_ser

«La insoportable levedad del ser» me hizo sucumbir ante este autor. Este libro cayó en mis manos gracias a un buen amigo. Le pedí una recomendación, pero no basada en lo que él pudiera pensar que me gustaría, sino simplemente pensando en un libro que le hubiese dejado una huella. Así fue como escuché por primera vez del libro y del autor.

Meses después me dejé caer por una librería y se me cruzó el título de casualidad, por lo que decidí comprarlo. Tras un par de meses más en un estante lo cogí para echar un ojo al primer capítulo y cuando me di cuenta llevaba más de la mitad de las páginas. Lo acabé a los pocos días en otra sesión intensiva. Simplemente no pude despegarme del libro.

Entonces comenzó mi idilio con Kundera. Busqué más títulos y quise saber más del autor. Ahora sólo me faltan un…

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El hacedor del azar

<<Si es preciso sucumbir, enfrentémonos antes con el azar>>.

 Tácito.  

 

 

Me preguntáis mi nombre y cómo llegué a ser quien soy. Ninguna cuestión tiene una respuesta sencilla.

Partimos hace eones desde un futuro que vosotros no alcanzaréis. La sabiduría acumulada durante milenios había calculado cómo debíamos plegar el espacio-tiempo para catapultarnos a regiones del universo donde diseñar civilizaciones semejantes a la nuestra. Pero algo salió mal en la implosión provocada en la estrella de neutrones y el agujero de gusano que creamos rebosó el cuadrante de seguridad y se abalanzó sobre nosotros. Sobrevivimos al desastre y decidimos regresar a casa.

En el viaje detectamos dos extrañezas. La primera, una levísima diferencia en la configuración de las constelaciones, la achacamos a un error de los instrumentos de observación, afectados por la descomunal fluctuación de energía del experimento fallido. La segunda, más inexplicable, una infinitesimal disminución de la entropía en el cosmos circundante, algo imposible en el universo conocido.

Cuando llegamos a nuestro planeta, no hallamos lo esperado: nuestra civilización en su cénit tecnológico y científico. El Almirante —a quien yo llegué a querer como a un Padre— decidió no intervenir en el desarrollo de las primitivas sociedades autóctonas. Alegaba que cualquier variación multiplicaría ad infinitum la improbabilidad del “resultado final conocido y deseado”.

No estuve de acuerdo. Yo era el más capacitado para dirigir la evolución de las civilizaciones que habíamos planeado crear o colonizar. Me amotiné y lideré una revuelta que en su esplendor fue seguida por un tercio de la tripulación, pero nos derrotaron. En la batalla, nuestra nave fue destruida y nos quedamos atrapados para la eternidad en aquel lugar extraño y familiar a un tiempo.

No cejé en mi empeño y tras recuperarme intervine y ofrecí a aquellos pobres indígenas ignorantes la sabiduría casi instantánea, sin tener que pasar por el penoso e interminable proceso de prueba y error. Mi aparición obligó a intervenir al Almirante y a los suyos y el guión preescrito que conocíamos se hizo añicos para siempre.

Ahora nadie sabe cuál será el final. De eso me acusan mis antiguos hermanos y ahora enemigos, achacándome la definitiva irrupción del azar en la Historia de la que surgimos. Yo soy más confiado. Quiero pensar que el verdadero guión sí se está cumpliendo y que exigía mi necesaria insubordinación.

Me preguntáis mi nombre. He tenido muchos. Algunos los olvidé, otros no quiero recordarlos. Vosotros, mis queridos hijos bastardos, me podéis llamar Lucifer.

 

FIN

 

Microrrelato publicado en el número 106 de la revista digital MiNatura, dedicada en exclusiva a la temática de viajes en el tiempo.

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Pompeya en Madrid

El pasado domingo 21 de abril visité la exposición <<Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio>>, en el Centro de exposiciones Arte Canal, de Madrid.

La exposición, que está a punto de finalizar su periodo de vigencia (puede visitarse hasta el cinco de mayo), nos acerca a la tragedia que arrasó Pompeya, Herculano y otras poblaciones de la región de Campania en el año 79 de nuestra era.

En este enlace puede visitarse el dosier de prensa de la exposición y en la web de gestión de la Fundación del Canal está disponible un vídeo de cómo se ha montado esta oportunidad de acercarse a lo que supuso la erupción del Vesubio en la región afectada.

De inicio, la exposición nos lleva a la vida rutinaria de la Pompeya de la época. Conocemos datos útiles acerca del comercio, la organización social, la estructura religiosa y administrativa de los pobladores, así como de su ocio y expresiones artísticas.

En una segunda parte nos adentramos, de manos de Plinio el joven, en el corazón de la tragedia. El escritor y científico romano fue hijo de Plinio el viejo, considerado el mejor naturalista de la antigüedad, quien murió víctima de los gases expelidos por el Vesubio durante la tragedia. Plinio el joven nos narra en una carta remitida a un amigo y que ha llegado a nuestros días, cómo su padre zarpó hacia la Campania, de inicio por curiosidad científica y finalmente por solidaridad con los afectados. Aunque sobrevivió inicialmente a la lluvia de piedras volcánicas, su aparato respiratorio, aquejado de dificultades crónicas, no logró sobreponerse al venenoso vaho de las entrañas de la tierra.

En la parte final de la exposición se resalta el papel histórico que Carlos III tuvo como descubridor, instigador y protector de los hallazgos de Pompeya. Fue antes de acceder al trono español, cuando era monarca de Nápoles. El que luego fuera mejor alcalde de Madrid, llegó a la muy inusual práctica de ordenar réplicas de sus obras de arte preferidas para traérselas a España, dejando los originales en sus lugares de localización, custodiados por los expertos que los habían desenterrado. Esto, que hoy nos puede parecer lógico, era justo lo contrario de lo que se hacía hasta no hace tanto tiempo. Valor añadido tiene que fuera un monarca quien tomara esa decisión, por lo ejemplarizante de su conducta, que cambió los usos de la arqueología para siempre.

Finalmente, la exposición se cierra con un breve repaso por algunas obras extraídas en yacimientos romanos españoles, a los que se les etiqueta como «las Pompeyas españolas». Es un buen recordatorio de la fabulosa riqueza arqueológica y artística de nuestro país, también, en lo que al periodo de dominación romana se refiere.

 

Una paradójica lección puede extraerse cuando uno se acerca a la catástrofe pompeyana: fue la erupción del Vesubio la que asesinó Pompeya, pero también la que le regaló la inmortalidad. De no haberse producido, no nos habrían llegado los numerosísimos y excelentemente bien conservados restos que conmovieron al mundo en el siglo XVIII y promovieron el neoclasicismo en diversas disciplinas artísticas. La erupción volcánica regaló una mortaja de piedra, lodo, lava y lapilli que conservó casas, objetos, cadáveres y calles enteras a salvo de la corrupción definitiva del paso del tiempo. La extraordinaria labor de muchas generaciones de arqueólogos y otros científicos ha posibilitado que ese tesoro esté a nuestra disposición. Y parte de él está expuesto en este evento cultural, como una invitación a viajar al pasado de una cultura que es génesis de lo que somos.

 

 

 

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Vestida para matar

Tras los años de humillación, tras las miles de horas de postración, las incontables vejaciones padecidas, las innumerables sonrisas postizas de muñequita sumisa, por fin podría redimirse y vengar a la familia que no pudo evitar su rapto cuando apenas había dejado de ser una niña.

Aquella madrugada de escarcha y terror de hacía casi diez años, se había prometido ser la mejor en aquella red de comercio carnal y alquiler de lujuria. Había labrado su fama con acendrada minuciosidad mientras sumaba las injurias con las que atizaba el fuego de su venganza. Por fin, el jefe de aquella mafia había requerido sus servicios. Se le exigía una velada inolvidable y ella se la daría. No escogió ni uno solo de los atuendos con los que solía enloquecer a sus clientes. Sólo un perfume de jazmín y lavanda envolvía su piel.

No veía más allá de aquella noche y no le importaba lo que pudiera sucederle después.

La venganza por fin sería su amante.

 

 

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«Anna Karenina», coreografiando a Tolstói

A finales del siglo XIX, León Tolstói nos regaló una de las cumbres de la novela rusa decimonónica, que es como decir una de las cumbres de la novela realista universal. Su «Anna Karenina» ha sido llevada al cine en una decena de ocasiones, pero nunca con una puesta en escena tan arriesgada y vistosa.

El director Joe Wright («Orgullo y prejuicio», «Expiación») acepta el reto de fusionar cine y Literatura, pero sube la apuesta al introducir elementos de una tercera disciplina artística: el teatro.

La novela de Tolstói conoció antes las tablas que los fotogramas. Es obvio que es imposible teatralizar la historia una vez se escoge rodarla, por lo que la introducción del teatro es más compleja, más bien como un filtro escénico por el que se pasa la novela para decantarla en película. El director nos presenta un teatro donde los decorados son elevados y sustituidos por otros para cambiar de una escena a otra; la estratégica situación del atrezzo nos transporta de una oficina atestada por un ejército de burócratas a un lujoso restaurante; el escenario nos sitúa en el interior de las lujosas mansiones, cuyos vestíbulos son el proscenio; los bastidores transmutan en los exteriores de las casas y los tramoyistas se convierten en el lumpen del arrabal más mísero de Moscú.

 

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De inicio, la película sorprende con esta propuesta. La primeras escena resulta, incluso, parcialmente fallida, porque la música que la acompaña otorga un desafortunado tono de comedia a la historia que todos sabemos que es un drama. Pero si no se nos tuerce el gesto en los primeros minutos, enseguida se aceptan las reglas escénicas y el espectador se siente listo para dejarse sorprender por la original presentación.

Esta ruptura del modo narrativo cinematográfico, no es absoluta. Hay secuencias enteras en las que ese cedazo escénico teatral deja de tamizar la historia y podemos sentirnos espectadores de una película casi convencional.

La propuesta se va reciclando y regenerando a lo largo del metraje. Contrariamente a lo que podría parecer de inicio, no supone una limitación para el director, sino un trampolín debido al buen uso que hace de ella. Algunas transiciones entre escenarios son realmente espléndidas. Otras, gozan de una altura lírica difícil de lograr por medios escénicos convencionales (destaca la escena del baile entre Karenina y su pretendiente Vronksy, donde el resto de las parejas permanecen en absoluta quietud hasta que la estela de movimiento de los futuros amantes parece tocarles y revivirles).

Sin duda, como ya sucedió con la aclamada «Moulin Rouge» de Baz Luhrman, en la mayoría del metraje pesa más cómo se cuenta la historia que la historia misma. Esto, que podría ser una objeción, no supone más que uno de los principales aciertos del director. Todos conocemos la historia de Anna. Sabemos que su juventud permanece anclada a un matrimonio convencional, que se verá asaltada por la emoción de ser objeto de conquista, que se resistirá en vano, que intentará huir de esa emoción que la arrastra, pero que caerá de rodillas ante un amor que no tiene causas ni motivos, un amor que ES, sin necesidad de justificarse, de explicarse. Sabemos, también, los vaivenes de su historia, sus meandros y el trágico delta final donde desembocará. ¿Cómo mantener al público expectante si ya sabe siempre lo que pasará a continuación si no pretendiendo un modo narrativo rupturista?

Los casi 130 minutos de película no se hacen en absoluto largos gracias a ir enhebrando un regalo visual tras otro. Puede que la narración flaquee un poco justo antes del final, como si hubiera que acelerar la conclusión para que el film no se fuera a una duración que pusiera nerviosos a productores y distribuidores, pero es casi comprensible. Dijo John Le Carré que hacer una novela de un libro es como querer hacer de toda una vaca sólo un caldo de ternera. Desde luego, «Anna Karenina» es una vaca bien alimentada y cuyas ubres han nutrido la inspiración de muchos artistas en los últimos 120 años. Resumir ese manantial es un desafío ciclópeo y el resultado es exitoso.

 

 

Anna-Karenina-2012-Stills-anna-karenina-by-joe-wright-32234635-600-400     Escena del rodaje

    

Keyra Knightley está más que correcta en un papel muy exigente, el de mujer que encuentra su justificación y razón de ser en el amor; pero Jude Law es carne de primera, excepcional en su interpretación del sobrio y ortodoxo Karenin. Aaron Taylor-Johnson da vida al hedonista conde Vronsky, causa de la perdición (y a un tiempo, salvación) de la protagonista.

En la novela, según avanza la historia, Liev Nikoláievich Tolstói nos va presentando un díptico donde confronta la encopetada e hipócrita vida de la alta sociedad de Moscú y Sampetersburgo con la honesta y sencilla existencia de los trabajadores del campo. Los personajes escogidos para esta historia paralela son los de Konstantín y «Kitty», quien inicialmente estaba prendada de Vronsky y esperaba que su mano fuera pedida por éste. 

En la película, el encaje de esta historia resulta más forzado, y quien no haya leído la novela se preguntará para qué es necesaria esta digresión argumental. El personaje de Konstantín resulta un trasunto de la última etapa del propio Tolstóiu: el aristócrata hacendado que redime su sensación de culpa y vacuidad dedicándose a labrar la tierra, la actividad productiva y humilde por excelencia. Incluso hay una similitud buscada entre uno de los apodos del propio Tolstói y el nombre del personaje.

Menos buscada es la similitud entre los finales del novelista y de su personaje principal, pues Tolstói acabó sus días en una estación de tren, como si el destino se hubiera empeñado en guiñar un ojo a la que ya en vida de su autor fue considerada una de las cumbres de la novela.

Atreverse a condensar tamaña obra en 129 minutos supone un fracaso inevitable. Todo lo más que se puede hacer es permitir a los personajes que muestren parte de lo que son, dejarles latir en el celuloide. Pero Joe Wright ha conseguido algo más con su escenografía teatral y su manejo ágil de la cámara. Ha logrado coreografiar a los integrantes de una obra maestra aportando una visión distinta y estimulante sobre un drama universal. La inmortal  novela de León Tolstói comenzaba con un famoso aserto: «Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera».

En cambio, en el cine, las grandes películas lo son cada una a su manera. Ejemplo de ello es esta original «Anna Karenina».

 

Título: <<Anna Karenina>>.

 Año: 2012

Nacionalidad: EE.UU., Reino Unido.

Director: Joe Wright.

Guión: Tom Stoppard adaptando la novela de Liev Tolstói.

Intérpretes: Keyra Knightley, Jude Law, Aaron Taylor Johnson.

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LA CAÍDA DE LOS GIGANTES – El legado de Ken Follet

 ¿Qué reto te pondrías si fueras un escritor que lo tiene todo? Imagina que llevas toda tu vida escribiendo y desde hace treinta años has ido acumulando sucesivos éxitos de ventas. Imagina que has elevado la novela histórica a categoría de hito literario, que algunas de tus ficciones han sido llevadas a la televisión con producciones más que dignas y que muchas personas que no son lectoras habituales han leído alguno de tus libros porque son “libros que todo el mundo conoce”. Quizá unos pocos pudieran conformarse; limitarse a seguir haciendo lo mismo y mantenerse, constreñidos por la creencia de que bastante han conseguido y que ambicionar más entraña un desafío a la fatalidad.

Pero Ken Follet quiere más. En los albores del siglo XXI, el afamado creador de best-sellers columbró la que sería su magnum opus, una densa pero dinámica trilogía que recorrería el siglo pasado. La primera entrega de tan ambicioso reto ha sido “La caída de los gigantes” (Plaza & Janés, 2010), que abarca desde los prolegómenos de la Gran Guerra (posteriormente denominada I Guerra Mundial) hasta su finalización y el comienzo del periodo de entreguerras. Follet nos introduce con la agilidad en él acostumbrada, en un minucioso tapiz donde se entrelazan las vidas, anhelos, desgracias y pasiones de cinco familias: dos británicas, una alemana, otra rusa y una norteamericana. Sin dejar de evolucionar cada personaje relevante con precisión magistral, va desgranando los hechos que hicieron Historia con mayúsculas. Si fuera un director de cine, su narrativa supondría colocar la cámara en los entresijos de los acontecimientos capitales (algunos sobradamente conocidos y otros mucho más discretos) que fueron los eslabones de la cadena causal que sumió al planeta en una conflagración bélica sin precedentes y la resolución y consecuencias de dicho conflicto. El autor de “Los pilares de la tierra” vuelve a ejercer con la maestría que le caracteriza esa peculiar mixtura de drama personal y composición histórica.

 

La Caida de los Gigantes

Se podrá objetar que puede llegar a ser inverosímil que los personajes escogidos acaben siendo protagonistas o testigos de algunos acontecimientos históricos que fueron vividos por un número muy escueto de personas (por ejemplo, el “soborno” a Lenin para que regresara a Rusia). Pero la habilidad de la narración enjuga esa objeción. Follet no nos da descanso. Nos sobrecoge con una descripción de la miseria de los mineros británicos y de los trabajadores de la metalurgia en Sampetersburgo y cuando aún no nos hemos recuperado de las sensaciones causadas, cambia el foco para asomarnos a la infidelidad de un conde y a los tejemanejes maquiavélicos de la Cámara de los Comunes. Su pluma sobrevuela los esfuerzos del Presidente Woodrow Wilson por mantener a los EE. UU. fuera de la guerra y la obcecación austrohúngara por castigar a Serbia por el asesinato del Archiduque Francisco Fernando. El paso de un niño a la adultez en la oscuridad de una mina de carbón, el enamoramiento de una joven sirviente en la mansión de un noble, el despecho de una periodista norteamericana, el idealismo de un joven ruso que acaba enrolado en el bolchevismo como única salida a la miseria material y moral, otro idealismo, este de un joven estadounidense, que ve con pavor e incomprensión cómo la vieja Europa se desliza hacia la barbarie, los esfuerzos de un alemán liberal que ve el abismo al que se asoma su patria, la lucha de las sufragistas por el voto femenino y contra la postración de la mujer, la ceguera suicida (y asesina) de generales ineptos que sólo sabían mover sus tropas sobre las maquetas y planos del campo de batalla…

Este libro, con todos sus vericuetos dramáticos, con sus recursos de folletón y su narrativa en ocasiones efectista, no deja de ser un buen libro de Historia. No un libro para conocerla al detalle, pero sí para asomarse a ella, para comprender la enormidad de las tragedias que millones de vidas padecen bajo el manto de los acontecimientos mayúsculos de la Historia. Porque puede ser fácil recordar las fechas, los generales, los políticos, los topónimos que dieron nombre a las batallas, pero el estudio de la Historia como conocimiento sistematizado del pasado, tiende a obliterar la verdad del sufrimiento de las personas anónimas que nunca conoceremos.

Ese parece ser el objetivo de Ken Follet: hablar de las historias personales de la Historia. Su vehículo es previsible: rebajar su vista a una serie de personajes individualizados y, en gran parte, prototípicos, como tantísimas novelas. Pero su ejecución es fastuosa, magistral. Logra cientos de páginas que se devoran sin darse uno cuenta del denso contenido histórico que acumula en la lectura. Introduce personajes históricos (Winston Churchill, Vladimir Ilic Ulianov “Lenin”, el Káiser Guillermo II, León Trotsky, el Presidente Woodrow Wilson) en situaciones minuciosamente convertidas en verosímiles, cuando no escrupulosamente reales. Aún así, estos prebostes no son ni siquiera personajes secundarios. Follet ha buscado dar la voz y el protagonismo a personas que podrían haber sido nuestros antepasados (de haber vivido en los países escogidos para la narración). Él mismo ha dicho que esta historia es “la historia de todos nosotros; la historia de mis padres y de mis abuelos”.

Con la primera parte de esta trilogía titulada “The Century”, Ken Follet llega a su cénit, ensambla varios flujos narrativos como un experto tejedor, mostrando el perfil de un escritor en su plenitud, ante su desafío, buscando la obra que le sitúe definitivamente en el panteón de los narradores más populares y exitosos de su época.

Título: La caída de los gigantes (The Fall of Giants).
Serie/Saga: The Century I.
Autor: Ken Follet.
Editorial: Plaza & Janés.
Año: 2010
ISBN: 9788401337635

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Bienvenidos a «De entre las letras»

Bienvenidos a esta web.

Un rincón donde la asfixiante armadura de la realidad es desarzonada por la Imaginación. Un lugar donde todos los que participéis podéis ser el autor y el personaje, el papel y la tinta, la estrofa y la melodía.

A lo largo de la vida de esta web compartiré mis textos. También mis pareceres y recomendaciones literarias o cinematográficas, algunas ocurrencias disparatadas, y espero que las interacciones con parte de esa legión de autores que regalan su talento a lo largo y ancho del bazar infinito que es internet.

Este espacio está creado para escapar. Pero no se trata de una huida cobarde y sin dirección. Tenemos muy claro el lugar adonde ir. Adonde han ido hombres y mujeres, desde antes de Homero, cuando su realidad se les quedaba pequeña. Adonde iban los primeros clanes familiares reunidos en torno al fuego en la frialdad de la noche. Adonde van los niños de todo el mundo cuando no se coarta su mente. Un lugar al que muchos adultos han renunciado, por convención, obligación o porque sencillamente han olvidado el camino para llegar.

Iremos al Nunca Jamás de Peter Pan y al planeta del Principito. A los universos y eras creadas por la inagotable feracidad de la mente humana. Y, henchidos de osadía, nos atreveremos a contribuir a la inabarcable panoplia de mundos, historias, espejos y fractales que beben de la realidad y afluyen a ella, enriqueciéndola.

Navegaremos por mares de tinta, fatigaremos llanuras de folios en blanco, escalaremos montañas de papel y surcaremos nebulosas cargadas de palabras por inventar. Buscaremos nuestro lugar entre las letras y desde ellas, seremos un poco más de lo que somos. Y quizá, un poco mejores, porque independientemente del talento de cada uno, la mera pretensión artística puede llegar a contribuir para que cada uno ofrezca lo mejor de sí mismo.

Y aunque no logremos llegar, seguro que el viaje merecerá la pena.

 

Bienvenidos a este lugar que todos los que se atreven a soñar conocen y habitan.

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De entre las letras

 

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Anoche soñé que soñaba y en medio del sueño, soñé que escribía.

Debió de ser hace más de tres décadas, cuando todo el mundo se reía (seguramente con motivos) de mi intención de ser escritor. Por entonces, yo escribía compulsivamente. Creía que podía perfeccionarme por el mero hecho de acumular horas rasgueando el papel con la vieja pluma que me regalaron en mi primera comunión o aporreando el empinado teclado de la altísima <<Underwood>>. “En una como ésta escribía Faulkner”, me mintió el anticuario que me la vendió.
Escribía cualquier cosa, sin importarme la calidad del texto, pensando que ya tendría tiempo para corregirlo más adelante y obsesionado por atrapar o dejarme atrapar por la inspiración que –ingenuo– creía que me perseguía. Vivía en una especie de “carpe diem” cazador de musas, perseguidor del estro.
Enfrascado en alguna de los cientos de historias que pergeñé según avanzaba mi veintena, debí cometer algún crimen horrendo. Hice nacer algún personaje –que olvidé pero que no me ha olvidado– al que seguramente sometí a vivencias escalofriantes. Más de treinta años después, ese personaje ha vuelto para vengarse. Lleva haciéndolo cinco años pero sólo en los últimos meses lo he percibido.
Es lástima. Si hubiera estado más atento quizá sería capaz de recordar mis delitos y podría ofrecerle a mi acosador algún pacto o someterme a alguna penitencia que sirviera de compensación por mis pecados. Pero mi memoria es un pozo yermo y mi perseguidor se ha vengado secando también mi tintero. Desde hace cinco años, cuantas historias empiezo a escribir quedan abortadas. Mis protagonistas fallecen en truculentos accidentes o son asesinados por sicarios anónimos, siempre antes de que la novela llegue al cuarto capítulo.
Hace pocos años pensé en escribir un texto sin estructura episódica, pero a las treinta páginas un taxista sin rostro atropelló a mi personaje principal cuando salía de casa de su amante.
Intenté burlar a la parca invirtiendo la narración, empezándola por el final y contando la historia a base de flash-backs pero mi personaje y narrador falleció en el quirófano donde había empezado a recordar su infancia: un anestesista anónimo se excedió con la dosis.
Convertí uno de mis proyectos más ambiciosos en un cristal roto para poder escoger los trozos de las vidas de los protagonistas según se me antojara, sin principio ni final, queriendo hacer de la novela un crisol de recuerdos, un abigarrado remolino de memorias y vivencias aparentemente independientes. En la página veinticuatro el sacerdote que servía de hilo conductor a las confesiones de los personajes fue estrangulado por un vagabundo en un callejón próximo a su parroquia.
Deseché la idea de vertebrar mis historias en torno a personas y escogí como elemento de cohesión a un gato destinado a colarse en todos los hogares de un bloque de pisos, pero un vecino arisco empujó al felino cuando estaba en el alféizar de su ventana y el animal murió al estrellarse contra el suelo del patio interior, tras una caída de nueve pisos.
Puse mis esperanzas en un manuscrito que habría de pasar de mano en mano, pero a las cuarenta páginas, una mano anónima se coló entre las previstas y echó el manuscrito a la boca crepitante de una chimenea encendida.

Llevo cinco años sin escribir. Antes no sabía por qué. Ahora no sé por quién.
Lo intenté con los cuentos, con los relatos cortos, pero el resultado fue aún peor, apenas lograba pasar de la primera página antes de que alguna desgracia o tragedia provocada por algún personaje invasor diera al traste con mis esperanzas.
Mi agente dice que le estoy hundiendo, pero que hará que yo me hunda con él. La editorial demanda los tres libros que tengo comprometidos desde hace siete años y empieza a bloquear los pagos de los derechos de autor de los publicados antes. Al parecer, mi contrato les da esa posibilidad.

Debió de ser un personaje secundario; si no, lo recordaría, o al menos eso creo. A veces creo recordar un nombre que me inventé, alguna historia trágica llena de horror. ¿Se tratará de aquella doncella nubia vejada hasta el extremo en la corte del faraón? ¿Quizá aquel soldado alemán capturado en Estalingrado? Lamentablemente, en una de mis crisis de inspiración, hace trece años, quemé docenas de los textos escritos hace tiempo. Los consideré demasiado malos como para ser míos, cuando entonces ya tenía “un nombre”. Quise asegurarme de que jamás fueran publicados, de que mi mediocridad de antaño nunca pudiera quedar expuesta.
Mucha gente desearía borrar sus actos. A un escritor, al menos, le queda la posibilidad de quemar sus escritos, aunque sólo sean los que nadie ha considerado dignos de ser leídos, ni siquiera él mismo.
En aquella hoguera mi tormento debió realizar una promesa que ahora cumple. Ojalá pudiera borrar el momento en el que incineré mis textos. Quizá podría recuperarle, encontrarle, mirarle, conocerle y suplicarle.

En un penúltimo esfuerzo, he intentado escribir sobre él. Pensé que quizá lo que quería era un acto de glorificación, el protagonismo que le negué convirtiéndolo en secundario primero y quemándolo después. Pero de todas mis argucias, ésa fue la más fracasada: no pude escribir ni una palabra. Mis dedos permanecían rígidos sobre el teclado, como las garras de un águila a punto de clavarse en su presa, pero nunca se abalanzaron para hollar la carne de la ocurrencia, para derramar la sangre de tinta del ingenio en estado puro.

Nada.

Sólo una pantalla en blanco.

Lo intenté con el papel y –con la pluma bañada en oro que me regaló mi agente cuando gané aquel premio– me obligué a hacer garabatos, como esperando que de los trazos sin sentido surgiera primero una letra, y luego otra y después otra y se juntaran formando palabras que acabarían uniéndose en frases, aunque al principio no tuvieran sentido. Los garabatos se fundieron en un óvalo mil veces repasado por la tinta hasta formar un ojo monstruoso que me contemplaba burlón desde el papel casi rasgado por el trazo repetitivo e hipnótico. Decidí intentarlo sin garabatos previos, esperando que una palabra aliviara el vacío reluciente de un papel nuevo.

Nada.

Sólo una hoja en blanco.

Así que decidí mi último intento: ir en su busca. He creado una historia para él y para mí. Los dos solos. Cara a cara. Es la historia de un novelista sesentón, bloqueado y obsesionado por una presencia que derriba sus intentos de erigir una nueva novela. El novelista acaba novelando su propia situación y se sumerge en un mar de palabras, en un piélago de frases para bucear en busca de su némesis, que es a su vez uno de sus hijos olvidados. Allí se encontrarán y uno de los dos prevalecerá. Y si hay lógica, el creador logrará doblegar a su criatura. Si hay lógica.

Anoche estaba de pie sobre una pradera blanca de la que empezaron a surgir gigantescas letras negras. Comenzaron a formar árboles y algunas siguieron creciendo hasta transformarse en edificios: elegantes cursivas que parecían chopos curvados por el viento, espigadas mayúsculas que se transmutaron en rascacielos y redondas vocales que se hincharon hasta albergar en sus panzas glorietas, plazas y fuentes. Por el trazo rectilíneo de una “p” avancé por un callejón asfaltado por tinta reseca. De unas nubes oscuras e inexpugnables amenazaban con llover letras.

 

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Recorrí la ciudad como si yo mismo la hubiera diseñado, como si cada rincón hubiera sido detallado en mi mente antes de tomar cuerpo material y subí a un piso cochambroso de un edificio de ladrillo sito en un barrio marginal. En el dormitorio hice recuento de los restos de pizza, envases de comida precocinada y botellas que adornaban el suelo. Ignoré el hambre ahogándola en güisqui y me senté ante el escritorio. La vieja “Underwood” me miró, o quizá yo la miré a ella, da igual.

Empecé a escribir.

En algún momento, el ruido de la máquina comenzó a estirarse y recitar fórmulas cabalísticas que me resultaron inextricables. Había musicalidad oculta que intentaba aprehender sin conseguirlo. Tiempo después, el mismo sonido me pareció el de unas pisadas en el pasillo.

Dejé de escribir.

Nada.

Sólo silencio.

Al recomenzar la escritura me sumergí de inmediato en aquel sonido. Creo que me hacía olvidarme incluso de lo que escribía, porque ahora no recuerdo nada sobre ello. Oí el roce de unas ropas a mi espalda, dejé de teclear y pude ver una sombra sobre la blancura del papel a medio escribir que escupía la “Underwood”. El golpe me lanzó contra la máquina. El dolor en el cráneo convirtió en cosquillas el impacto en la cara. Noté que una de mis manos arrugaba los papeles escritos. Al abrir los ojos los vi deformados por mi mano crispada. Una masa pastosa de color rojizo oscuro iba al encuentro de los folios. Noté que el intruso introducía su mano en mi pantalón y me quitaba la cartera. Su respiración agitada denotaba su angustia. Intenté girar los ojos para verle pero sentía mi cabeza a punto de estallar. Fue él quien se puso delante de mí. Entonces le vi.

Soy yo con veinticinco años.

Recordé haber escrito una novela corta autobiográfica donde plasmaba todos mis miedos: el miedo al fracaso, a la soledad, a la falta de reconocimiento, a no disfrutar escribiendo… Al protagonista no le cambié el nombre. Tenía el mío.

–Yo te creé… –logro murmurarle.
–No –me contesta–. Yo te he creado a ti. Escribí una novela corta sobre todos mis    sueños: el éxito, el amor, el reconocimiento, el goce de vivir de lo que más me gusta… Mi protagonista tenía mi nombre. Pero no me has servido de nada.

Sus ojos rebosan odio acumulado por decenios. Su última mirada es para los billetes que ha sacado de mi cartera. Le oigo alejarse por el pasillo y cerrar la puerta de mi piso.
El dolor remite. Un calor mórbido me invade y llena de laxitud mis miembros. Mis ojos se cierran. A lo lejos me parece escuchar el sonido de la máquina de escribir.

Anoche escribí que escribía y en medio de lo escrito, escribí que soñaba.

 

                                                                 FIN

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