Preliminares

Corría la yema del dedo por las sinuosidades de sus piernas. Esquivaba la caricia los nudos que establecían el mapa de su entrega. Aparecía un esbozo de cosquilla en las vulnerables plantas de los pies femeninos, y el perfil de un escalofrío en la espina dorsal pese a la protección —insuficiente— del corset.

El cuerpo de Ella era una escalera al cielo… o al infierno. El lecho la enmarcaba, tumbada, inmóvil, expectante. Apenas los tacones habían sido retirados del cuadro con el que Él había sido recibido en la alcoba. Atadas sus muñecas, atados sus tobillos, el corset gris y plata, el liguero y las medias envolvían la piel ardiente. El obsequio aguardaba la ejecución de su voluntad y Él disfrutaba demorándose en los detalles, en las caricias mínimas que siempre dejan un reguero de necesidad tras ellas.

Con suavidad y satén había cegado los ojos de Ella, sabedor de que la ceguera es el pasaporte a ese rincón de nuestra imaginación que mantenemos a oscuras a plena luz del día.

La respiración anhelante de su víctima y su homenajeada, su regalo y su divinidad, era la invitación a dejarse llevar, a convertirla en la presa indefensa de su ansia depredadora.

La noche sólo acababa de empezar.

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Acerca de deentrelasletras

Español víctima de lo que Juvenal denominó "Insanabile cacoethes scribendi".
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